Todavía no había concluido la semana pasada la cumbre de desarrollo global Río+20 y, como ya sucediera en las citas sobre cambio climático de Copenhague en 2009 y Durban en 2011, la sensación general era que la firma de un acuerdo no evitaba el fracaso. ”Voy a ser franco: nuestros esfuerzos no han estado a la altura de la medida del desafío“, declaró en Río de Janeiro (Brasil) el secretario general de la ONU, Ban Ki Moon, que daba así por cerradas las aspiraciones de que esta cita supusiera un giro global en favor del planeta y sus pobladores.
Pero empecemos por el principio: la conferencia de Naciones Unidas sobre Desarrollo Sostenible Río+20 pretendía ser un punto de inflexión para lograr que dentro de 20 años el planeta tuviera otro aspecto. Según la propia ONU, había dos objetivos principales: definir “una economía ecológica para lograr el desarrollo sostenible y sacar a la gente de la pobreza” y “mejorar la coordinación internacional para el desarrollo sostenible“.
Los convocados para lograr estas ambiciosas metas venían a representar a todas las partes: gobiernos de todo el mundo, el sector privado y organizaciones no gubernamentales. Pero los agentes implicados se han encontrado con que la agenda diplomática ya había trazado el camino y que en esta ocasión no ha habido que negociar el acuerdo final sencillamente porque, aún antes de empezar la cumbre, ya se había firmado un texto que contenta a todos sin solucionar nada. Esa es al menos la conclusión a la que parece haber llegado la mayoría: desde el nuevo Gobierno francés hasta la sociedad civil, que pidió con una manifestación multitudinaria compromisos concretos.
El conflicto sigue siendo el mismo que sale a colación en cada cumbre sobre cambio climático: hay consenso en que el planeta no soportará la intensiva actividad actual y en que hay que actuar, pero no hay manera de que los gobiernos acuerden una hoja de ruta para hacer frente a la situación porque en su mente la prioridad es el desarrollo económico. Por eso ese acuerdo alcanzado en Río pone su atención en la economía verde, capaz en teoría de compatibilizar ambos ideales pero que no fija objetivos ni compromisos vinculantes.
Con todo, la cumbre también deja varias lecturas positivas: 20 años después de la Cumbre de la Tierra que se celebró en Río en 1992 y que dio comienzo a un nuevo discurso global sobre la situación del planeta, el debate ya no es sobre el diagnóstico sino sobre la solución. Y aún hay más: el enfoque que ha adoptado la ONU para Rio+20 combina las aspiraciones sociales –desaparición de la pobreza, reducción de la desigualdad y la mejora de las condiciones de vida– con las medioambientales, de tal forma que une el destino de la Tierra y el de la especie humana, una postura que aún no ha dado frutos pero que es tan ambiciosa como irrenunciable.
En esta línea, la ONU indicaba antes de que empezase la cita brasileña que “se conocen las soluciones para muchos problemas concernientes al desarrollo sostenible, incluso los que aquejan a las ciudades, a la energía, al agua, a los alimentos y a los ecosistemas. En Río+20, los países buscarán la manera de hacer realidad esas soluciones”. Es decir: se conoce el problema, las soluciones que se pueden adoptar para afrontarlo y, en cumbres como esta, se trata de hacerlo efectivo. Sin embargo, no se termina de dar el paso.